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¿Memoria histórica?

Garcia Morente y su relación con la Adoración a través de su yerno
de Luis Aguirre Prados, escritor de Ciudad Real

...El dolor de Morente aún tenía que alcanzar superación. Su hija mayor había casado muy joven con uno de esos hombres que, de cuando en cuando, permite Dios que sobre la tierra confirmen la perfección de su obra, don Ernesto Bonelli. Recíproco era el afecto entre suegro y yerno. Este, que ha valorado la calidad intelectual de Morente y ha sabido captar su potencia humana, se muestra en íntima unión con él. De cómo Morente consideraba a Bonelli hablan los escritos suyos en donde da cuenta, angustiosa y elocuentemente, del hecho extraordinario de su conversión: «Yo sentía por mí yerno un gran cariño, mezclado con algo así como respeto y admiración. Era un joven de veintinueve años, digno por todos conceptos de amor. Su conducta moral había sido siempre ejemplar. No creo equivocarme al afirmar que había llegado al matrimonio en perfecto estado de pureza. Su vida personal también había sido de acendrada religiosidad. Pertenecía a la Adoración Nocturna. Acaso esta circunstancia no haya sido totalmente ajena a su desgraciada muerte. Con eso, su carácter era alegre, jovial, optimista, muy juvenil y aun aniñado en ciertas cosas. Amaba las matemáticas (en que era realmente muy versado) y el deporte. Su presencia física era más que medianamente agradable. Era lo que se dice un chico guapo. Y en su carrera de ingeniero de Montes, y luego ingeniero geógrafo, iba caminando hacia un porvenir halagüeño. Sin duda alguna habría llegado a hacerse una excelente posición. Yo estaba realmente encantado con él.»

Es conveniente detenernos en todos estos antecedentes, porque Morente atribuyó a la desaparición de este joven, al que luego califica de santo, el impulso definitivo para su conversión. Que en el decurso histórico, fue elemento máximo de conversiones la sangre de los mártires.

En su camino encontró constantemente García Morente familiares que lo dieron todo por él, y, coincidencia notable, todos ellos eran verdaderos creyentes. Inicia ese grupo familiar, para el que jamás plegó alas la Divinidad, su madre, y va llegando con fijeza hasta su yerno... Dios coloca el ejemplo a su alcance para que compruebe la perfección de los que en El sinceramente confían y esperan, de los que ante [13] su obstinación arreligiosa no exteriorizan ni lamentan dolores, aun cuando oigan el áspero «yo haré lo que me parezca», cuando una de las hijas, en la ingenuidad de sus seis años, le pregunta si va a ir a Misa. A su vera no cesaba de manar la fuente evangélica.

El día 28 de agosto su yerno fue asesinado en las tapias de la ermita del Cristo que inspirara a Zorrilla su magistral leyenda. Los libertarios de la F.A.I. realizaban una de sus hombradas. Caía aquel caballero por obra de quienes habían arrojado de sus conciencias a Cristo y ahora lo arrojaban también del templo. Otros descreídos en acción. Fue tremendo el efecto que en Morente causó la noticia de este asesinato, que recibió por teléfono: «Su muerte produjo en mi alma una impresión profundísima. Dime a pensar que si Dios asumía en su seno a un espíritu tan selecto, era como un medio glorioso para asegurar la bienaventuranza eterna de él, y a la vez dirigir una advertencia grave a los que con él convivíamos. Sentíme hondamente aludido.» Desde aquel momento la gracia ya no ha de dejar a Morente, hasta que alcanza plenitud el hecho extraordinario, y con él existe la seguridad de que la morada humana es digna de servirle de definitivo aposento.

Cuando Morente sabe que ya no existe su hijo político, cae desvanecido al suelo. Se reitera ahora la escena al fallecimiento de su esposa. La máxima impresión se agudiza ahora por la insegura suerte de su hija, que sólo cuenta veintidós años de edad, y de sus dos hijitos. Que en la absurda vindicación de imaginarias ofensas, las turbas integran en la «sanción» a los familiares de los «fascistas», cualesquiera que sea su sexo y edad.

Repuesto de la lacerante impresión, acude a Besteiro, y éste, aunque no bien quisto de los de la acción directa, logra que un auto oficial, escoltado por dos guardias, vaya a la ciudad imperial a recoger a la viuda y a los hijos de Bonelli. «Dos días después, a las once de la noche –relata Morente–, llegaban éstos a Madrid. Nosotros, en casa, esperábamos desde las ocho su llegada. Fueron tres horas de angustias mortales. Por mi imaginación desfilaban ya toda suerte de cuadros trágicos: veía a mi hija también asesinada, a mis nietos arrebatados por manos hostiles o indiferentes, conducidos a Dios sabe qué campamentos o asilos infantiles, perdidos en vida para siempre. La angustia de la espera me oprimía y nos agarrotaba a todos en casa.»

Pero aún tenía que ampliar su calvario. Supo de horrendos asesinatos, de sacrilegios, de la angustia de la detención de coches ante la puerta, de pasos que resuenan acentuando efectos:

«Mi sensibilidad, que de suyo es sutil y excitable, se exacerbaba por momentos. La tragedia de mi pobre hija, viuda a los veintidós años, con dos hijitos, a los dos años de matrimonio, trastornó por completo mis pensamientos, mi sentimiento, mi vida entera. Sobre mis hombros caía de nuevo el mantón de las preocupaciones propias de un padre. ¡Y en qué momento!, cuando la vida, la hacienda, la honra, indefensas, hallábanse a merced de cualquier malvado o malintencionado que quisiera pisotearlas. En mi casa reinaba el silencio trágico de la angustia y el terror. Yo no salía en absoluto a la calle. Nadie de casa salía, sino lo indispensable para las necesidades de la vida.
Un día, los milicianos vinieron a llevarse al hijo mayor de nuestros vecinos de piso. El pobre muchacho fue a la cárcel, y más tarde lo asesinaron en Paracuellos. Otro día, sistemáticamente, quemamos en la caldera de la calefacción toda la documentación y correspondencia que yo guardaba del año en que desempeñé la subsecretaría de Instrucción Pública en el Gobierno del general Berenguer. Al día siguiente –fue providencial– vinieron a registrar mi casa. El día entero nos lo pasábamos atisbando, detrás de las persianas echadas, todos los coches que se detenían en la puerta de la casa. Con el corazón encogido contábamos los escalones que subían los asesinos, y cuando habían pasado nuestro piso lanzábamos un suspiro de satisfacción. ¡La muerte iba a otra casa!»

En tanto, permanecían inmutables en el cerco femenino del hogar de este perseguido profesor dos virtudes esenciales [14] para los humanos en su recorrido terrenal. Se creía y se esperaba: «Mis hijas, mi cuñada, mi tía, la antigua sirvienta que tenemos desde hace veintiséis años, reuníanse en un rincón de la casa y se estaban horas y horas rezando. Yo entonces no podía, y acaso no sabía, rezar. Pero no sé qué ímpetu interior me empujaba a aprobar y agradecer aquella tierna y sumisa fe de las buenas mujeres.»

A mediados del mes de septiembre la Comisión depuradora que funcionaba en el Ministerio de Instrucción Pública, una de tantas como formaron los que tanta avidez tenían por aprovechar las horas que les permitían ocupar posiciones antes consideradas a distancia astronómica para ellos, acordó la cesantía de Morente como catedrático, por haber hostilizado a los maestros desde su puesto de decano y favorecido a elementos fascistas. (Los que en idéntica situación de despido nos encontramos en aquella época, sabemos bien lo que esto significaba para la integridad personal del despedido.)

El día veintiséis de ese mes, Morente recibió un aviso confidencial para que inmediatamente saliera de Madrid. Los que decretaron su cesantía, habían acordado ahora su muerte. Urgía su desaparición si quería sustraerse a estos propósitos. Morente se apresuró a la evasión. La angustia de aquellas horas en un Madrid selvático, pudo limitarla un ministro amigo suyo, que en aquella tribulación no hizo de Iscariote, como era usual. Con un salvaconducto facilitado por el amigo, y sirviéndose de un pasaporte que poseía de su reciente viaje a Poitiers, salió para Barcelona y Francia. En la Ciudad Condal creyó Morente que su vida llegaba al fin. Confundido con otra persona, estuvo a punto de ser víctima de nefarios. A prueba de tártagos y de verse obligado a presenciar la muerte de uno de tantos mártires, llegó Morente a París. En España quedaban a la ventura todos sus familiares. Aquellas mujeres que en el hogar distante seguirían rezando y dedicando al ausente más de un recuerdo en las peticiones. Por todo capital, cuando llegó a París García Morente, llevaba setenta y cinco francos...
 
   
FORMACIÓN ACADÉMICA
Licenciada en Psicología por la Universidad de Deusto.
 
     
   
FORMACIÓN COMPLEMENTARIA
1995
Título de Monitora de tiempo libre.

Septiembre'95 - enero'96
Curso de ofimática en la Academia Beps de Santander.

Septiembre'95 - Enero'96
300 horas.

Junio'96 - Septiembre'97
Curso de atención a la tercera edad. Madrid. 600 horas.

XX Congreso internacional de Psicología para la tercera edad.
 
     
   
EXPERIENCIA LABORAL
1994-98
Monitora en el club de tiempo libre de personas con síndrome de down, Txolarte. Acciones: salidas al monte, campamentos, excursiones y juegos.

1997
Prácticas en el geriátrico Virgen de la Cruz de Deusto. Funciones: Organizar actividades de tiempo libre, acompañar en los paseos.

Verano'95
Animadora sociocultural en el Hotel Blanca de Santander.
 
     
   
INFORMÁTICA
Tratamiento de textos: Word Perfect

Hoja de cálculo: Excel

Base de datos: Access
 
     
   
IDIOMAS
Francés: hablado y escrito.
 
OTROS DATOS DE INTERÉS
Voluntaria de la Cruz Roja

Socia de la ONG. Psicólogos Sin Fronteras